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La oruguita Cansada

Había una vez una pequeña oruguita que quería subir a un arbolito. Arrastrándose duramente quería llegar hasta la copa del árbol. Para ella era una subida muy dura pero sentía que era lo que tenía que hacer. Con ella, amada mía, había otra oruguita, ella también tenía que subir a la copa del árbol, esta oruguita vecina de la primera sentía que debía subir a la copa pero no entendía el por qué y constantemente dudaba sobre su camino.


Así pasaba que la primera, convencida, superaba todos los baches sintiendo que hacía lo correcto. Sin embargo a la segunda, como no sabía lo que hacía, como constantemente dudaba, pasaba por los mismos baches pero sentía dolor, agotamiento, miedo, observaba el suelo, abajo del árbol, y sentía terror por si caía, no entendía el porqué de la subida. Y ¡ay! qué miedos sentía esta oruguita. La otra oruguita la quería ayudar, la amaba pues era tu vecinita, su hermana, e intentaba ayudarla pero veía que no podía porque hiciese lo que hiciese siempre veía sufrimiento y dolor. La subida era igual de difícil, igual de severa y muchas veces parecía que no terminaría nunca. Había dudas. Había problemas graves. Pero incansables, fuertes, se levantaban cada día las oruguitas y emprendían su viaje hacia lo más alto en la copa del alto árbol. Misioneras de la vida se dejaban conducir por un instinto interno y más fuertes cada día solventaban todos los problemas.
Iban juntas, aunque se sintiesen separadas y diferentes, sus corazones sabían que era un camino que tenían que realizar juntas. Y así era. Se apoyaban, una abría el camino a la otra y viceversa. Otras veces a una le faltaba el alimento y la otra se lo daba. ¿Se necesitaban en este camino tan duro? No tiene por qué, pero ellas eligieron hacerlo juntas pues desde siempre, ellas permanecieron como almas unidas. No había duda de este amor en sus almas.
Así que a nuestra primera oruguita parecía no costarle, parecía que tenía muy claro que ese era el destino, el camino a tomar. Sin embargo a nuestra segunda oruguita le costaba cada día más pues sentía que había alguna forma más fácil de subir hasta la copa, no podía entender cómo ése era el camino más sencillo. Este camino de baches, de cuestas empinadas. Reconocía cómo le costaba moverse y cómo le costaba ir arrastrando cada momento todo su cuerpo por el árbol. Sentía que la vida le manchaba, el árbol le ensuciaba su cuerpecito cuando se movía un poco sobre él, y a cada rato, incómoda y cansada tenía que parar a quitarse las cortecitas del árbol pegadas a su cuerpo. No le gustaba tampoco su cuerpo pues era tosco, incómodo, lento. Ella quería ser el árbol, o ser la copa del árbol. Ella quería ser las cortecitas que se quedaban en el cuerpo de su amiguito la oruguita vecina, pues veía que esas cortecitas vivían muy bien, se pegaban a él, a él no le importaban, así que las daba cobijo, las daba calor y encima las subía a la copa del árbol sin problemas.
Nuestra oruguita se sentía francamente mal. Y por más que su amiguito le decía que ya faltaba poco, ella sentía que cada vez faltaba más y más.
Imagina que un día llegaron a la cima, imagínate lo que ocurrió. La oruguita primera, nuestro amigo, enseguida empezó a hacer un capullo pequeñito, donde meterse más adelante. Un capullo como casita donde sentía que tenía que hacerlo para luego meterse dentro a descansar. Sin embargo la oruguita segunda, nuestra amiguita, cansada, se quedo lamentando de todo el dolor de subir todo aquello. Ella sentía que había sido un viaje muy largo, que estaba cansada, que se sentía mal, y así era, pero se olvidaba cada vez más de ir haciendo su capullito, no comprendía que ya había llegado a la cima.
Al final se quedó sola. Su amiguito metió su cuerpecito en aquel pequeño cobijo que había diseñado y ella aún no había comenzado a hacerlo. Así que empezó a darse prisa a fabricar esa diminuta casita para sí misma. Le costó un poco de trabajo, no tanto como subir la cuesta pero le costó pues tardó tanto en reaccionar que se le hacía tarde. Sentía que era lo que tenía que hacer, pero tampoco entendía por qué se sentía con tantas ganas de entrar dentro de esa casita. Así que puso unos huevecitos en la entrada de la casita y entró dentro de aquel pequeño capullito que se había fabricado ella solita. No era un capullo tan grande como el de su amiguito pero no tuvo tanto tiempo pues estuvo rechistando antes, además de verse tan cansada que no tenía apenas fuerzas.
Allí permaneció dentro, en silencio, escondidita. En el silencio de su capullito comprendió que nada es para siempre y que la vida es un segundo. Se dio cuenta que todo aquello que había sufrido no había sido tal y como ella lo recordaba, que simplemente subió un árbol, tal y como todo el mundo hace, pero se centró una y otra vez en los baches y no en el árbol, en su amigo que cada día veía más bondadoso, cariñoso y cercano. Ella se centraba en que su amigo no era bueno, no le ayudaba, pues le pedía que la llevase en sus lomos hasta la cima del árbol, y ahora, en el silencio, comprendía que eso no podía ser. Que él tenía que cargar, igual que ella, con su cuerpecito.
Le vio a su amigo llorando cada día no por el esfuerzo, sino porque no podía cargar con ella. Y se sintió vencida por la emoción. Tanto tiempo estuvo tan equivocada esperando que él le respondiese todas sus dudas. Luego se observó a sí misma e igualmente sintió que no había hecho bien. La subida había sido muy dura, igual de dura que cualquier oruguita de las miles que subían la montaña, sin embargo ella estuvo siempre acompañada, guiada, en ningún momento tuvo que pensar hacia donde ir o qué hacer. Tampoco se encontró perdida, ella lo tuvo muy fácil, pero se sintió constantemente mal, perdida y cansada. Así que mientras algunas oruguitas abrían el camino a otras cientos de oruguitas, ella estuvo todo el tiempo intentando subir ella sola, y aún así se cansó mucho. Comprendió que no sabía, que estuvo con los ojos tapados toda la subida. Pero ahora empezaba una vida nueva. Se sentía dentro del capullito llena de paz, de luz. No quería salir de allí pues sentía recogimiento y encontraba sentido a todo lo que le ocurría.
Volvió a mirar a la oruguita que empezó el camino, aquella que nació. Y comprendió cuanta belleza había en ella y cuanta voluntad y amor y entrega. Se sorprendió al verse llena de esperanzas, llena de ilusión. Quería decirse a sí misma, justo en ese momento, que el camino sería mucho más duro de lo que pensaba, pero entonces vio que aquella pequeñita oruga que comenzó el camino ya sabía que el camino sería duro, durísimo, sin embargo estaba feliz de vivirlo. Se apresuraba ante todas a comenzar. Y no lograba ver por qué sentía tanta emoción su alma en aquel comienzo pero comprendió que no importaba, que lo que importaba es que desde el principio ella supo que el camino era ése, que estaba haciendo lo correcto, simplemente que se olvidó de poner el alma en lo que hacía.
De pronto empezó a sentir que el tamaño era inadecuado, cada vez más se sentía incomoda en su capullo y sentía que no había hecho lo correcto, que lo había hecho demasiado pequeño. Otra vez más se dio cuenta que estaba lamentándose, quejándose y esperó. Pensó que sería cosa de su mente que se había acostumbrado a las quejas y continuó un poquito más allí. Al rato de esperar sintió que ya era el momento de salir. Que ya había estado recogida el tiempo suficiente. Entones salió y vio, primero de todo, sus crías saliendo de sus huevecitos, rompiendo sus diminutos cascarones. Se sintió dichosa. Observó después el capullo de su amigo y vio que ya había salido. Intentó mirar donde estaba pero no vio nada y pensó que no habría ido muy lejos pues ellos, las oruguitas, son muy lentas y se mueven con mucha torpeza y lentitud.
Pero entonces algo maravilloso vino a posarse ante ella. Era una especie de ave, pequeña pero preciosa, con unas alas alargadas, amarillas doradas, con pizquitas blancas y azules. Llenas de luz. En la mirada de aquel animal tan especial y maravilloso, reconoció a su amiguito y él, tiernamente, se le acercó tras otro reconocimiento amoroso y le dijo: ahora somos mariposas. Y ella se dio cuenta. Había merecido la pena todo. Se observó y vio que también tenía alas, que también podía volar. Soltó sus alas y comprendió que fácil era volar, moverse.
¡Qué fácil era todo ahora! Comprendió que la vida había sido toda ella un camino hacía este momento de encuentro, de reconocimiento y de despertar. Se sintió dichosa, feliz. Y empezó a moverse rápido. A volar rápido. La otra amiga oruguita la siguió por los valles, por las flores, por el rio, anduvo tras ella hasta que agotadas y exhaustas volvieron a la copa del árbol y se acomodaron una junto a la otra:
¿Y ahora qué? – Le preguntó la oruguita a su amiguito.
Ahora ya está. Hemos vivido, amada. Hemos logrado vivir una vida plena.
Y la oruguita comprendió que toda su vida tuvo un sentido muchísimo más trascendental del que había estado reconociendo. Y ahora, viven eternamente juntas estas dos mariposas, abrazadas por su eterno amor en un soplido atemporal.

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